Nací en Valencia allá por el 86. Se podría decir que los primeros años de mi vida  pasaron sin pena ni gloria. Nada reseñable más allá de intentar adoptar una gamba cocida como mascota o tener a Punky Brewster cómo máximo referente intelectual. Con la edad de seis años comencé a disfrazarme de las Mamachicho para llamar la atención cuando venían visitas a casa. Algunos les decían a mis padres: “¡Qué niña tan graciosa! ¿Quién es?”; otros tan solo me sugerían echarme a un lado del televisor. Empecé a desarrollar ciertas habilidades imitando a personas de mi alrededor, como mi abuelo, mi tía, mi hermana o un señor raro que nunca supe qué hacía en el salón de mi casa. Todos se reían mucho conmigo. Para seguir alimentando a esa niña, necesitaba un plan, mudarme a Madrid. Así que lo hice y rápidamente logré los objetivos que toda actriz persigue: trabajar a media jornada en las mejores tabernas de la capital. Me hinché a hacer todos los cursos, talleres y monográficos que la ciudad me ofrecía, mientras aprendía a desarrollar la ardua tarea de mendigar a los directores para conseguir algún que otro papelillo. No es fácil, pero al final van cayendo, todo es cuestión de actitud. En la actualidad todo sigue sobre ruedas y que llegue el Goya es cuestión de días.